Imperfectos
Mención de Honor en el 7° Certamen Internacional de Poesía y Cuento
de Ediciones Mis escritos
Éramos tan políticamente incorrectos que jamás saldríamos de la tinta de ningún gran escritor de novelas. Desconocíamos tanto la poesía que nuestros diálogos románticos se reducían a comparaciones mundanas o a simples cumplidos que quedaban por la mitad. Si los enamorados tienen un idioma, para nosotros era una lengua muerta. Luego de un incómodo silencio sólo podíamos expresar lo que sentíamos con besos y caricias tibias, que ni siquiera llegaban a encender el fuego de la pasión. Nuestra historia no podría convertirse jamás en un best seller amoroso, tan sólo podríamos apuntar a ser un cuento burlesco o un pequeño chiste de ocasión.
Nuestra relación era tan imperfectamente perfecta o perfectamente imperfecta. Eso era lo que nos hacía tal para cual. Yo sabía disfrutar de ella cada uno de los errores que presentaba su condición humana. Me encantaban sus ojos perdidos y mudos, ya que para muchos los ojos hablan, aquellos más bien tartamudeaban incoherencias sin brillo. Era tan hermoso besar esos labios resecos y quebradizos, mientras acariciaba su piel áspera.
Era bueno saber que no estaba con una Diosa sino con un ser humano como yo. No era necesario ser un erudito excelso, sino ser solamente yo; con mi imperfecta y desprolija presencia; con mi fealdad y mis rasgos defectuosos; con mi falta de genio y mi simpleza. Ambos pertenecíamos al mismo barro y cada vez que rozábamos los límites hacia el romanticismo, sabíamos huir de aquel lugar con algún tipo de comportamiento ordinario.
Jamás pudimos llegar a ningún lado, es por eso que, perdidos en la nada, en la inexperiencia y en la estupidez, llegábamos al éxtasis sin el menor esfuerzo. Pertenecíamos al mundo de la decadencia desde nuestro nacimiento y, al no conocer el verdadero placer, cualquier mueca que hiciera sentir un poco de cosquilleo a nuestra existencia nos hacía creer que estábamos en la cima del mundo.
La ignorancia es tan imprescindible para mantener el amor, y nosotros éramos tan ignorantes. Inclusive ignorábamos cuan ignorante éramos. Siempre hay frases que esperamos que nuestra pareja nos diga, al igual que acciones que deseamos con ansias que se ejecuten en cada contacto amoroso, y lo mismo le ocurre al otro. Ser consciente de esas cosas es quitarles su magia ¡Nunca el amante debe decir "Me gusta tanto cuando vos haces o decís tal cosa."!
Si una de las partes sabe lo que le gusta al otro, comienza a hacerlo por obligación o por ir a lo seguro, sabiendo que eso hará feliz a su pareja y dejando de arriesgarse a nuevas experiencias. Pero la repetición y la ejecución forzada de dichas acciones, le quitan el valor que tienen cuando vienen de la espontaneidad, cuando vienen del arriesgado miedo de pensar "¿Gustará esto que estoy haciendo o diciendo?".
Estábamos tan orgullosos de poseer esa ignorancia en demasía y, no sólo ignorábamos lo que pensaba el otro, muchas veces ignorábamos lo que nosotros mismo pensábamos. Gracias a esto, al no saber que queríamos, no exigíamos mucho del otro. Agradecíamos lo poco que se nos proporcionaba y éramos felices, o –por lo menos- ignorábamos la tristeza. Ser feliz no es otra cosa que ignorar el mundo del horror, las penas y el sufrimiento ¡Y nosotros lo ignorábamos tan bien!
Crecimos juntos, a la par. Nos sentíamos a la misma altura. Si hubiésemos estado con alguien que esté por debajo de nosotros, tendríamos que habernos reducido, que habernos agachado para poder besar a esa persona. Y si, por el contrario, hubiésemos intentado estar con alguien que se encuentre por encima nuestro, tendríamos que habernos subido encima de falsas extensiones. En cualquiera de los dos casos, nunca podríamos haber sido nosotros mismos. Pero, como les dije, nos sentíamos tan cómodos el uno frente al otro.
Al crecer juntos, la vida manchaba nuestra ignorancia y estupidez con la misma cantidad de gotas de conocimiento y buen gusto haciendo que nuestra involución hacia la perfecta perfección sea pareja. Esto nos mantenía unidos siempre y a la misma altura.
Fueron tan perfectos y tan hermosos aquellos días. Hasta cierto año en que, al terminar el ciclo escolar, comparamos nuestras notas y algo nos alarmó. En un principio todo iba bien, ambos habíamos aprobado todas las materias con las mismas notas bajas, pero hubo una materia en la que yo había sacado una nota un número más alto que la suya.
Al principio nos convencimos de que un margen de diferencia tan bajo no podría cambiar mucho nuestra relación, pero pronto yo comencé a hablar en un idioma que ella casi no comprendía y ella se quedó balbuceando palabras infantiles que a mi poco me decían. Intenté agacharme y ella se inclinó en puntas de pie hacia mi, pero jamás volvimos estar a la misma altura.
Nada volvió a ser mismo.
Mario A. Gonzalez